Bio

Mis comienzos, mi barrio
Ciudadela, el barrio en el que me críe. Un barrio de casas bajas, en el suburbio del Gran Buenos Aires. Cuando era chico sus calles eran de tierra. Jugábamos al fútbol en El Portón, una fábrica casi abandonada que hoy es un seminario de monjas.
Aún me encuentro con aquellos amigos de mi barrio, con los que sigo jugando al fútbol.
En los años setenta, a diez cuadras de mi casa, lo que en un principio iba hacer un barrio de militares en épocas de Lanusse, terminó siendo el “Barrio Ejército de los Andes”, habitado por familias humildes que venían de villas de Buenos Aires.
Con el tiempo y las distintas crisis que sufrimos, se convirtió en Fuerte Apache, (el nombre se tomó de una película con Paul Newman, en la cual él era un policía de Nueva York, que lidiaba con la violencia del Bronx… del resto se encargó la prensa).
Ahí me críe, en el suburbio. Fuerte Apache marcó lo que yo dibujaba. Sus edificios tipo monobloque, sus miles de habitantes que salen temprano a trabajar como hormigas que abandonan su hormiguero. Toda su vida pasa por allí, entre los muros de los monobloques. Los comercios, el potrero de fútbol, los coches destruidos y abandonados. Y con el tiempo, las fábricas abandonadas. La pérdida del empleo. El trabajo que ya no esta, el que se pierde. Algo de eso hay en lo que significan las chimeneas para mí…

Mi trabajo
En los últimos años, muchos de los personajes e historias de mis cuadros han nacido de cuentos y relatos que he esbozado. “El Hombre Edificio”, un ser solitario que tiene un edificio como mochila, una carga urbana pesadísima de la que quizá nunca pueda escapar; “Albino Asesino”, un hombre lleno de venganza, engendrado junto a otros hombres/muñecos, en el triste Trencito de la Alegría. Una suerte de osos y Golems que viven solos, a veces cuidan a alguna chica amada y cuando tiene suerte, duermen siestas reparadoras en lugares ocultos y abandonados.
Las fábricas con sus chimeneas siempre insisten en mi obra. Son para mí, símbolo del trabajo. Y últimamente en estos lugares sólo hay ventanas, no hay puertas, no se puede entrar ni salir, pero… ¿Están habitadas?
Siempre pienso en historias en cada pintura que hago. Siempre hay algo allí, y el espectador también hace su propia historia. Me gusta jugar a veces con la complicidad del que ve mi pintura, escuchar preguntarse qué pasa allí.

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